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Dar nombre a las cosas, a las personas, a las actitudes, contribuye a que éstas existan a los ojos de los seres humanos, que se pueda hablar de ellas y, en caso necesario, que se puedan combatir. Desde hace unas décadas la aporofobia trata de dar nombre a un fenómeno tan extendido en la sociedad como invisibilizado: el rechazo hacia los pobres.

MOAS
Foto: MOAS


La crisis está siendo cruel con los inmigrantes. Los datos lo confirman. El 43% de los inmigrantes no comunitarios están bajo el umbral de la pobreza. El porcentaje de hogares donde nadie trabaja duplica el español. El paro entre extranjeros llegó a subir 29 puntos desde el inicio de la crisis, hasta alcanzar un máximo del 39,21% (1er trimestre 2013). En la última EPA (4º trimestre 2014) la tasa de paro entre los extranjeros es del 33,22%.

La precariedad laboral es evidente para gran parte de la población inmigrante. Desde el inicio de la crisis aumentó la proporción de empleos indefinidos de baja calidad, la cantidad de inmigrantes que hacen jornada parcial, por no encontrar trabajos de jornada completa, el número de contratos fijos discontinuos y los subempleos. Tras la aprobación del RD-Ley 16/2012, la obligatoriedad de estar cotizando para tener o mantener “los papeles” y, con ello, tener pleno acceso a la salud sitúa a este colectivo en la marginalidad.

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